Recuerdo aquellos meses de julio pegados al televisor. Indurain era el Alonso de entonces, soso pero ganaba, y todos disfrutabamos de aquello como algo propio. Se fomentaba el deporte con aquellas gestas en la ronda francesa. El ciclismo hacía furor en las carreteras patrias. Y todos éramos un poco más inocentes.
Hoy, el Tour de Francia no bate récords de audiencia en la tele. Las peñas ciclistas siguen ahí como toda la vida, pero el boom del pedal se ha extinguido. Muchos medios sólo se acercan ya como aves de rapiña para ver las vergüenzas de este deporte, y en la mente de muchos ronda una terrible sospecha sobre todo el ciclismo.
Una pena, una desgracia, pero sobre todo un gran problema que puede acabar con años de historia, de auténticas heroicidades y con la reputación de grandes deportistas. El ciclismo no es dopping, o al menos, no debería serlo. Que vuelva la inocencia perdida, por favor.
