Han sido muchos años los que han pasado desde que unas enfermeras búlgaras y un médico palestino llegaron a Libia para ayudar como cooperantes. Un tiempo después fueron acusados de contagiar el virus del SIDA de forma intencionada a 438 niños. Tras ocho años encarcelados a la espera de una sentencia firme, han sido condenados a muerte en dos ocasiones y, sólo gracias a la presión internacional, hoy se conmuta su condena por la de cadena perpetua; lo cual abre las puertas a una posible repatriación.
La cuestión ahora es dilucidar qué ha ocurrido en este caso. Me gustaría llegar a saber a ciencia cierta como se contagió el virus. Quién se saltó las normas básicas de la sanidad, dudo mucho que fueran estas seis personas. Suena bastante surrealista que alguien se desplace a un país como voluntario y haga algo así.
Más bien suena a un caso de infraestructuras desastrosas, clase política corrupta, gran presión social por el suceso y búsqueda de cabeza de turco. Una cabeza de turco mal calculada por la repercusión internacional, pero que ha acallado las voces de las familias afectadas y las críticas internas al régimen de Libia.
Supongo que nunca se llegará a saber realmente cómo contrayeron el virus esos niños y dudo que el auténtico responsable pase alguna vez por el banquillo de los acusados delante de un tribunal independiente y justo. Al menos en Libia, no.
