Cuando los padres ya no son ellos mismos. Cuando las cabezas van y vienen y no sólo las de ellos, también las nuestras buscando una solución. No cualquier solución, porque cualquier solución no es la que te habrían ofrecido ellos a tí. Cuando te amarga pensar que el camino pica hacia abajo y no puedes poner un freno de ninguna manera.
En ese momento que muchos tendremos que pasar, nos planteamos qué somos antes; si hijos, si padres, si trabajadores o enfermeras. Puede que seamos de los que sufren en el día a día, pero también podemos ser de los que sufren cargando con el sentimiento del deber no cumplido.
Al final da igual, la herida sangrará igual, escogiendo una vía o cualquier otra que peregrinamente hayamos elegido. Porque nos sangra saber que alguien que nos cuidó para vernos crecer, ahora está en nuestras manos para llevarlo hasta el final. Y sangra porque no podemos, no sabemos o incluso, no nos lo permiten.
¿La solución? Quizás que no la haya o quizás que la vida o la misma sociedad que nos los arrebata, nos dé una cataplasma sanadora, paliativa. Una ayuda, una ley o una seguridad de que no estamos solos y de que hay alguien que nos entiende y nos apoya.

0 Respuestas a “Al final”