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El Olvido

Un artículo me ha hecho sentir de nuevo una rabia contenida y un atroz sentimiento de injusticia. Una ira causada por el vergonzoso olvido en España y la sensación de que se han reído durante mucho tiempo a nuestras espaldas.

Hay que admitir que nos vendieron la moto. Nos la vendieron bien, si señor; y a un precio nada barato. Nos olvidamos de nuestros muertos y de los desaparecidos, que aquí también los hubo. Ya nunca más hubo apátridas y la República fue un sueño de verano. La moto de la reconciliación nacional y del final de las dos Españas era una mentira piadosa para aliviar la conciencia de los que prefirieron olvidar.

Pero los olvidos generacionales deben todo su sentido a aquellos que prefirieron ignorar, y hoy mucha gente como yo empieza a pensar que no está mal eso de “traer cosas al recuerdo”. No más complejos de inferioridad, no más silencio forzoso, no más amenazas de delirios guerracivilistas. Queremos justicia, queremos que se metan la moto por donde les quepa. Queremos saber y que se sepa.

Y qué fin sea el que mueva al juez Garzón, si lo mueve su egocentrismo, si lo mueve su ansia de popularidad, si lo mueve un interés político o simplemente la justicia, da igual. Él se mueve mientras que otros sólo miran.

España chiringuitera

La utopía social que supone un chiringuito playero de cualquier localidad costera española debería ser estudiado en profundidad por los sociólogos.

Cuando llegamos a la playa, al poco tiempo ya tenemos un chiringuito de cabecera, sí, igual que el médico. En el chiringuito confiamos, nos ponemos en sus manos para cuidar nuestro estómagos y refrescar nuestro cuerpo. Hay otros chiringuitos en la playa, pero el nuestro es este. Puede que no sea el más cercano ni el más barato, pero el nuestro es este. También puede que vayamos ocasionalmente a otro chiringuito, pero será para acompañar a un amigo y siempre saldremos pensando en lo mal que atienden y deseando llegar a nuestro chiringuito.

Al igual que esta segregación realizada al azar, los chiringuitos españoles tienen la cualidad de unir a la población haciendo tabla rasa en la escala social. Si bien es cierto que sería extraño encontrar a alguien de la aristocracia en el chiringuito (nunca sé por donde puede salir Marichalar), este tipo de establecimientos tienen la capacidad de reducir al mínimo singularidades tales como: cocodrilos en el polo, pantalones de pinzas, camisas ralph lauren ó zapatos italianos y en el extremo opuesto: monos de trabajo azules, camisas de franela, botas de seguridad con refuerzo en la puntera ó pantalones de pana resistentes al paso del tiempo. Todo esto desaparece para dejar paso a dos leyes transversales e igualadoras de todos los clientes del chiringuito:

  • cuando te sientas en esas sillas de plástico siempre sale michelín.
  • meter barriga todo el tiempo es físicamente imposible, siendo la relajación de barriga proporcional al número de cervezas consumidas.

Feliz veraneo.

La resaca

Se ha levantado temprano. Ya no tiene sueño, pero el sueño ha sido bonito. Por una vez en la vida su sueño se cumplió, por una vez en la vida había disfrutado tal y como imaginó alguna vez, y alguna vez fue esta vez.

Sale a la calle y sube al coche, y ese maldito pitido le recuerda que tiene una cita ineludible. Y el pitido con el que le habla el auto es el despertador de la mañana. Se toca el bolsillo y hunde la mano rascando el fondo, buscando al final del todo, en esa pequeña esquina de la tela donde podría esconderse una moneda. Hoy no hay suerte. Parece que la suerte este año se acabó después de una tanda de penaltis.

Empieza su ruta en busca del trabajo que perdió hace un mes, aún no recuerda dónde lo dejó. Busca en todos los esqueletos de edificios que encuentra en su camino, pero son huesos raídos sin vida y sin su trabajo. “Trabajo, trabajo. Dónde está mi trabajo”.

Y sucede que muchas veces cuando nos despertamos aún conservamos la sonrisa del sueño reciente, pero sin embargo no conservamos su recuerdo o no logramos entender por qué nos hizo tan felices.

Oé, oé, oé…

Como ya hace unos días que no me digno a escribir, la vuelta de estas vacaciones de vagancia blogueril me he decidido a hacerla hablando del tema que precisamente hoy está en boca de todo el mundo. Sí, pasó la selección española de cuartos.

Quiero comenzar confesando que soy un ser afutbolístico, que no puedo acabar de ver un partido completo por el sopor que me produce y para mi desgracia (social) sigo asociando ese rancio olor de domingo de carrusel al de la amapola reina, barra libre de opio para todo el mundo. Ni siquiera soy de los que en ocasiones como esta, unen sus voces a la hinchada general en apoyo de la selección.

Pero hoy no, no voy a ser el culo del pepino y pese a mi hastío profundo por el fútbol, he de reconocer que ayer España pasó de cuartos. Y no digo ya la selección, sino todo el país, que superamos un complejo de inferioridad de décadas de forja y sufrimiento. Una mentalidad social que gracias a desenlaces como el de anoche, puede llegar a redimirse de la mezquindad y la mediocridad, y sacar pecho al menos por un tiempo, un día o una noche. Hasta que la volvamos a cagar.

Así que aquí me hallo, cabalgando a lomos del caballo salvaje del fútbol y de la selección. Puede que me inyecte por vena un partido o dos más. Mañana será otro día, de resaca y probablemente de clínica de desintoxicación, pero esa es otra historia… Y tranquilos que yo controlo.

El monstruo humano

No salgo de mi asombro con el suceso de Austria. No deja de sorprenderme como ejemplo y culmen de la maldad a la que podemos ser capaces de llegar, y digo “podemos” porque no es un loco el anciano que le pone la cara protagonista a los informativos. Más bien podemos observar al vecino del quinto o al marido de la de enfrente. Es el lobo asomando la patita por debajo de la puerta. Puede ser incluso la cara que se refleja en tu espejo por las mañanas.

No es este el resultado final de la deshumanización de la sociedad? porque desde luego no creo que se trate de un psicópata aislado en una sociedad perfecta. Alguien habría debido observar algo, de alguna forma la sociedad debería haber sido capaz de controlar los impulsos aberrantes de sus sujetos aberrantes, transformar la energía de la sociedad en algo positivo para si misma, no dejar pasivamente que cada individuo se mire su respectivo ombligo sin cesar, no vaya a ser que vea de refilón el del vecino.

No creo que sea sólo Austria quien deba reflexionar sobre su modelo social, todas las “sociedades modernas” tienen un examen que superar y eso empieza por mirarnos a nosotros mismos y preguntarnos como queremos vivir, si como personas o como autómatas.

La justicia

Ni palabras tengo para definir como está últimamente la cosa. Entre huelgas y sentencias por cumplir o nunca ejecutadas, la cosa está que arde, y para muestra un botón. Por lo menos al final, después de unos añitos parece que se hace justicia.

Como yo no tengo ni idea de la situación que se vive en los juzgados españoles, no opinaré del trabajo realizado por nadie sin saber las condiciones bajo las que se realiza. Pero sí me pienso quedar a gusto como un ciudadano más que observa la desgracia y los problemas derivados de la insostenible situación de la justicia en España. Que un pilar básico de cualquier democracia mantenga estos niveles de ineficacia, ineficiencia  y atraso con respecto del resto de la sociedad, es algo imperdonable para el sistema judicial español y para quienes no lo dotan de los medios necesarios para realizar su labor, la justicia.

A ver si en la agenda de alguno de los que están hoy de debate en el  Congreso, hay alguna fantástica idea o al menos la firme decisión que resuelva de una vez todo esto. La esperanza es lo último en perderse, no?

Al final

Cuando los padres ya no son ellos mismos. Cuando las cabezas van y vienen y no sólo las de ellos, también las nuestras buscando una solución. No cualquier solución, porque cualquier solución no es la que te habrían ofrecido ellos a tí. Cuando te amarga pensar que el camino pica hacia abajo y no puedes poner un freno de ninguna manera.

En ese momento que muchos tendremos que pasar, nos planteamos qué somos antes; si hijos, si padres, si trabajadores o enfermeras. Puede que seamos de los que sufren en el día a día, pero también podemos ser de los que sufren cargando con el sentimiento del deber no cumplido.

Al final da igual, la herida sangrará igual, escogiendo una vía o cualquier otra que peregrinamente hayamos elegido. Porque nos sangra saber que alguien que nos cuidó para vernos crecer, ahora está en nuestras manos para llevarlo hasta el final. Y sangra porque no podemos, no sabemos o incluso, no nos lo permiten.

¿La solución? Quizás que no la haya o quizás que la vida o la misma sociedad que nos los arrebata, nos dé una cataplasma sanadora, paliativa. Una ayuda, una ley o una seguridad de que no estamos solos y de que hay alguien que nos entiende y nos apoya.